El baúl de los recuerdos

febrero 03, 2021

 


Últimamente me ha dado por pensar en cómo sería contar con un cuaderno escrito por algún antepasado, que me contase con afecto cuáles son las cosas importantes, sus errores, sus logros, y que me aconsejase con sus palabras sabias de haber vivido y atravesado experiencias que le han obligado a crecer.

Imagino ese cuaderno en mis manos, quizá de alguna de mis abuelas. Nunca conocí a la madre de mi madre, pero estoy casi segura de que, de haber sabido escribir bien, ella habría sido de las que dedican consejos valiosos a las personas a las que ama o podría amar en un futuro.

¿Alguna vez has pensado en dejar reflejado todo aquello que aprendes y, de alguna manera, hace mella en tu vida?

Yo sí. Hace unos días, reordenando mis cuadernos de escritura (donde esbozo las primeras ideas y las escaletas de mis novelas) me encontré con una libreta que compré en Florencia (un viaje cargado de arte, helados, amor e inspiración). No sé cuál fue el factor que detonó la idea, pero recuerdo que me pareció emocionante: escribir a mis futuras personas favoritas; hijes, nietes... y, quién sabe, quizá tataranietes. Me ilusionó la idea de que, algún día, unas manitas curiosas tomasen mi cuaderno y leyesen las palabras que yo escribí años atrás, palabras dedicadas exclusivamente a esa persona.

Los tiempos cambiarán, quizá quien tome el cuaderno me conozca o quizá no (como me ocurre con mi abuela, aunque, en realidad, tengo la sensación de conocerla de tanto que mamá me ha hablado de ella) las ideas, las preferencias... cambian con los años, pero hay algo que se mantiene eterno: la fragilidad del ser humano.

Las cosas que de verdad importan son imperturbables.

Por eso empecé a escribir ese cuaderno.


No me considero una persona sabia, en absoluto, pero he aprendido cosas valiosas a lo largo de mi vida que han moldeado mi personalidad. He atravesado baches y dolor que quizá la persona que me lea también atravesará, pero contará con palabras alentadoras que le dirán que todo pasa, que no es la única, que vale la pena.

No escribí demasiado, tengo que admitir, quizá por falta de rutina. Pero me he propuesto seguir.

«Los sueños. Esos grandes ladrones de almas. Tener un sueño es de lo mejor que te puede ocurrir porque siempre tienes un motivo para ilusionarte. Así que te aliento a que, si todavía no tienes ninguno, busques en tu interior hasta dar con él. Escribir, dibujar, cantar, bailar, montar una tienda, hacer teatro, pintar, la música... lo que sea.
Te prevengo: tener un sueño no es fácil.
Yo tengo un sueño muy grande [...] El momento en que leas esto quizá sepas que conseguí mis propósitos, que fui alguien, con un recorrido y una historia. O quizá sepas que no lo logré, que fracasé en el intento. Aunque nunca lo llamaría “fracasar”. No se le puede atribuir ese término a alguien que ha luchado y ha dado todo de sí para intentar alcanzar sus sueños. [...] Es una filosofía de vida, una manera de existir.
No te conformes. No escuches a aquellos que te dicen que no vale la pena. Si tú crees en ello VALE LA PENA. Digan lo que digan. Nada espectacular ha sido fácil de conseguir nunca».


Me he dado cuenta de que tuve una idea que me encanta; antes de comenzar a relatar, pongo la fecha exacta y la música que estoy escuchando en esos momentos. Me parece muy romántica la idea de que la personita que encuentre el cuaderno busque esas canciones y, al escucharlas, evoque a su abuela, quizá joven como ella, escribiendo en ese mismo cuaderno.

«El amor, a mi parecer, en todas sus formas y vertientes, es lo que mueve el mundo. [...] Quiere con todas tus ganas y, sobre todas las cosas, quiérete. Quiérete porque eres la persona con quien convivirás toda tu vida, porque no hay nadie igual que tú en todo el mundo y las personas tienen derecho a conocerte y quererte tal y como eres, con tus días buenos y tus días malos. [...] Mira bien fuera y dentro de ti y exprime al máximo aquello que te haga sentir bien, quédate al lado de las personas que te hacen bien y no tengas miedo a decirles lo que sientes por ellas. [...]
El amor es echar de menos aunque sepas que le verás en poco tiempo.
Amor es abrazar y sentirte en casa.
Es reír juntes y compartir experiencias.
Es imaginar el futuro a su lado.
Pero nunca lo idealices; el amor, como todo, se cuece a fuego lento, crece como un jardín de rosas, cada día, cada minuto. Paciencia, cuidado, dulzura... El amor es diferente, pasa por etapas, se va desarrollando, hay crisis y hay periodos idílicos».

No sé cómo mirar hacia otro lado cuando sonríe
Persigo su aroma, que me estremece
Cada parte de él es mi casa
Cuando le abrazo ya no duele
Aunque a veces sea él el que duela.


Estos solo son unos breves fragmentos de todo lo que he escrito en ese cuaderno. Me gusta la idea de mezclar consejos, vivencias y poemas o escritura creativa. También me gusta la idea de dibujar (me encanta el dibujo, me viene de mi madre), quizá lo haga (por si no tenía suficientes cosas que hacer).

Hace poco que leí en el blog de la maravillosa Alice Kellen: «Estoy convencida de que todos nos sentimos únicos de alguna manera, pero, en el fondo, somos una repetición constante, un eco del pasado; tenemos las mismas preocupaciones, aspiraciones, sueños, miedos y anhelos. ¿No es terriblemente hermoso pensar que alguna chica hace noventa años reflexionaba sobre esto mismo y dentro de otros noventa otra siga haciéndolo? Que ocurra a diario, de hecho».

Por esta misma reflexión la idea del cuaderno regresó a mi cabeza con solidez.
La persona que lea esos fragmentos acerca de los sueños y del amor se habrá planteado las mismas preocupaciones, habrá llorado, se habrá ilusionado o se habrá decepcionado con las mismas experiencias que quizá yo haya pasado. ¿Por qué no ponerle una mirilla a la que pueda acceder para sentirse reconfortada?

Por supuesto, la parte menos emocionante es que el cuaderno se pierda o que nadie llegue a encontrarlo nunca. Pero siempre me quedará la esperanza de que eso pueda suceder.



El otro día, vimos un capítulo de This is Us (la serie más preciosa del mundo mundial) en el que a Jack se le ocurre la idea de hacer un baúl de los recuerdos con objetos preciados o recuerdos bonitos para enterrarlo y, años más tarde, desenterrarlo. El capítulo, como todos, es espectacular (siempre se me cae alguna lágrima) y le dije a F: «¿Y si lo hacemos? Me parece una idea súper bonita». A él también le pareció buena idea.

¿Y si meto el cuaderno en esa caja? Puede ocurrir cualquier cosa a lo largo de los años. Puede que seamos nosotres quienes finalmente la desenterremos para recordar. Y entonces me leeré a mí misma, una versión anterior de mí, que me recordará cosas que quizá he olvidado. Tal vez me entren ganas de seguir escribiendo, de seguir contando todo lo que sé, todo lo que he aprendido, todas las partes de mí que he ido descubriendo a lo largo de la vida.

«Una cosa que he aprendido es que no averiguamos exactamente quiénes somos de golpe. Creo que pasa en un largo periodo de tiempo, como por partes, ¿sabes? Como, fíjate en mí, por ejemplo, hace años me acerqué más a tu padre y encontré una parte de mí mismo ahí. Luego encontré a tu tía y encontré otra parte de mí. Creo que esto funciona así, pasamos por esta vida poco a poco reuniendo pequeñas partes de nosotros, sin las que no podemos vivir, hasta que al final tenemos suficientes para sentirnos plenos». 

Esta es una frase de Kevin, de This is Us, que me llegó. Y creo que venía perfecta aquí.
Vamos descubriendo partes de nosotres con cada persona que atraviesa nuestras vidas, cada bache que salvamos... Es espectacular pensar que alguien ha pasado por lo mismo. E igual de espectacular me resulta la idea de que quede reflejado en algún sitio al que esa persona que lo necesita (o quizá no sepa que lo necesita hasta que lo encuentra) pueda recurrir más tarde.

Te dejo con la música que me ha acompañado mientras escribía esta entrada, igual que hice (y haré) en el cuaderno.

Y, ¿quién sabe? Quizá descubra una nueva parte de mí con esta experiencia. 




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