Y cuando se liberó, se volvió imparable

febrero 10, 2021

 


Roy Galán dice «La infancia es un campo de batalla en el que no hay cuerpos, sino espejos.
No hay piel, sino reflejos.
Y lo que queremos es atravesar ese campo de la mano, sentirnos protegidos y a salvo.
Pero para que algunos estén a salvo, otros tienen que pisar las minas».

Estas palabras me han calado, representa aquello que quiero expresar en mis escritos y, por supuesto, me he sentido identificada.

Desde bien pequeñes, nos vemos enfrentades a la tarea de relacionarnos con nuestres iguales y comprobamos lo distintes que podemos llegar a ser unes de otres. Descubrimos con quiénes tenemos más afinidad e indagamos en otra parte de nosotres, la más social.

Como ya sabréis por mis anteriores entradas y publicaciones en redes, me he manifestado abiertamente como una persona tímida e imaginativa. Esas cualidades forman parte de mí, de mi manera particular de relacionarme, de crear, de desarrollarme. Me he quejado muchas veces de mi forma de ser introvertida (a veces lo sigo haciendo) pero en realidad lo acepté hace tiempo y, siendo sincera, me gusta. Hay muchas cosas que no habrían sido, que no serían reales hoy, si no fuese como soy.

Sin embargo, no pensaba lo mismo cuando era pequeña. Y a mis compañeres de clase (a algunes, claro) tampoco les gustaba demasiado. Si hoy sigo siendo un poco patosa en cuanto a habilidades sociales, imaginad en mi infancia, cuando la imaginación se desbordaba de mí, me abstraía en mis mundos de yupi (inventando, siempre inventando) y mi timidez era una característica potente en mi personalidad. Algunes niñes no tienen piedad. «¿Cómo va a estar bien si es todo lo que yo no soy» dice Roy Galán en el mismo texto, y, joder, cuánta razón. «Si no eres como ellos pero eres feliz, entonces estás cuestionando su propia felicidad»; esta última frase me impactó cuando la leí. ¿Era eso? ¿Me veían feliz y no se explicaban por qué y por eso ponían todo de su parte para borrarme la sonrisa? No lo sé. El caso es que no recuerdo mi época de colegio e instituto siendo muy feliz. Tuve épocas de todo, claro. Pero la mayor parte está enturbiado por ese velo de tristeza e incomprensión. Recuerdo sentirme insignificante. Y nadie jamás, debe sentirse así. No, nunca me agredieron ni fue algo demasiado grave, en realidad solo eran desprecios esporádicos, como gotas de agua que van cayendo sobre tu cabeza día tras día, de forma intermitente pero continua, suave pero ininterrumpido. Hasta que se hace surco y la herida es honda e irreversible. Está claro que, quizás, yo no puse demasiado de mi parte para que comprendiesen mi punto de vista, no tenía las armas ni la habilidad para poder expresarme. Y pronto tuve la sensación de que a nadie le interesaría nada de mí.

Como dice Galán «No hay piel, sino reflejos», y yo me construí conforme los demás me veían. Mi autoestima y autoconcepto, al igual que la mayoría de niñes y adolescentes, se forjó en mí a través de los ojos de les demás. Y eso no me benefició en absoluto.

Hasta que algo hizo clik dentro de mí y obtuve las respuestas a todos mis años de incomprensión. Debía salir de una relación tóxica (no de pareja, sino de amistades), debía alejarme de los pensamientos de que no era válida. Temía no ser lo suficientemente buena o valiente, pero en realidad lo era. Y lo descubrí muy pronto. Cuando acepté que no era esa persona que había creído ser durante tantos años, me liberé. Y la libertad me sentó estupendamente. Conocí al amor de mi vida, a mi mejor amiga, a mi grupo de amigues, que hoy en día siguen en mi vida y cómo agradezco tenerles.


¿Por qué cuento todo esto? Una, porque, joder, qué bien sienta sacar de dentro todo lo que nunca has contado con detalle, y dos, porque este es exactamente el motivo por el que se enciende y estalla mi necesidad de escribir.

La brutal necesidad de que el mundo comprenda lo diferentes que somos y que no está mal, sino todo lo contrario. Si supiésemos tantas cosas que no sabemos de pequeñes, cómo cambiaría la cosa.

Porque, lo digo con la mayor indignación posible, ¡nada ha cambiado!:

«De pequeño era carne de acoso.
Estaba gordo, tenía pluma, era empollón y bastante torpe, mi familia no era tradicional y mi madre estaba visiblemente enferma», dice Roy Galán.

Se metían con él por las mismas cosas que hoy utilizan les niñes para hacer daño a otres niñes. ¡No hemos avanzado nada!

Puedo poner tres ejemplos claros de que esto es verdad; trabajo en colegios y lo puedo ver a diario.

Sin ir más lejos, ayer; se acercan carnavales y el colegio anuncia qué prenda o complemento tienen que llevar les niñes a clase cada día. Ayer tenían que pintarse las uñas (y llevarlas toda la semana, es como un disfraz progresivo). Martín llegó y me enseñó orgulloso sus uñas de colores, acto seguido llegó Alejandro, miró las uñas de Martín y dijo: «Yo no me pinto las uñas, eso es de mariquitas»

Los comentarios como ese siempre me golpean con fuerza; primero siento la impotencia seguida de una retahíla de ideas que necesito verbalizar para hacer entrar en razón. Es un niño de diez años, ¿por qué un niño de diez años tiene esa clase de pensamientos? Traté de explicarle cómo podía herir a alguien con su comentario, explicarle que todo el mundo, independientemente de su género, puede pintarse las uñas. Él no parecía escuchar, como si estuviese harto de oír siempre los mismos sermones. Me dio a entender que no era la primera vez que tenía que pedir explicaciones por sus comentarios, entonces ¿por qué sigue pensando de esa forma? ¿Por qué ha repetido el mismo comentario otra vez esta mañana al llegar a clase? (Esta vez, con las uñas pintadas. Enfurruñado y preocupado, pero con las uñas pintadas).

Otro ejemplo se produjo en clase, no sé cómo surgió la conversación, pero terminamos hablando de un niño que iba al curso de dos de mis alumnes. Casualmente, lo conozco, vino a clase el año pasado, es un niño alegre al que cogí mucho cariño, con una personalidad diferente y arrolladora. Hugo parecía indignado con algo que ese niño le había dicho «A buenas horas, mangas verdes», eso es lo que le contestó ese niño tras las disculpas de Hugo. Estaba enfadado porque le había llamado «mangas verdes». No pude hacer más que reírme. 

Hasta que me di cuenta de que el tema era más serio de lo que parecía. «¿Por qué tuviste que pedirle perdón?», le pregunté. «Yo no soy el único que se mete con él», dijo «Es que, siempre está gritando y haciendo así (mueve las manos de forma amanerada y hace muecas)».«¿Te metes con él por eso?», le pregunté, cada vez más preocupada. Aitana, que siempre pone ese grado de madurez admirable a pesar de su edad, admitió que se meten a menudo con él por su forma de ser. 
Me encendí. 
«¿Te metes con él porque es diferente a ti? ¿Tiene que ser igual que tú y tus amigos para que le dejéis en paz?». «Siempre va con las chicas» dijo, «¿Y eso es un problema? Cada uno se siente a gusto con quien es más afín, está claro que no puede ser amigo tuyo porque tú le haces sentir mal». No sabía responderme, pero parecía firme en su postura «Me cae mal». «No todo el mundo nos cae bien. Tú tampoco caes bien a todo el mundo, ni yo, pero no por eso vienen a hacernos sentir mal con insultos o malas palabras». 

Puede que me pusiese un poco recta, con estos temas suelo ser inflexible, me enfadé, debo admitir, sobre todo porque conozco a ese niño y sé que es un amor. «Él es buena persona, yo lo sé, ¿puedes decir lo mismo de ti? ¿Él te hace sentir mal a ti?». Vi un atisbo de duda en sus ojos, un ligero agache de cabeza, pero sé que mi discurso no caló lo suficientemente en él como para hacerle cambiar de idea. Nada de lo que dijese le haría cambiar de parecer, lo veía en su determinación; eso no era labor solo mía, debía complementarse, dedicarle tiempo, detener o retrasar las lecciones, que ni mucho menos eran más importantes que enseñar los valores básicos que tienen que estar inculcados en les niñes.

O como cuando otro de mis niños, un pequeño de ocho años, dijo que se estaba quedando sin voz y que, antes gritaba como una chica, pero ahora más. Lo dijo despreocupado, tranquilo, como hubiese interiorizado esa idea a más no poder, hasta creérsela él mismo, resignado. «¿Cómo una chica? Tu voz es solo tuya, gritas como tú, y ya está», intenté decirle. No se puede entrar en razones más filosóficas y feministas con un niño de esa corta edad y pretender que comprenda todo lo que le dices.

Todos estos desprecios y pensamientos negativos hacia otras personas (y por supuesto, hacia sí mismes), se pueden enmendar, se DEBEN atajar desde los cimientos, desde el principio, por encima de cualquier materia. Sigo pensando que no se habla suficiente de ello, que no se trata lo suficiente.

La identidad de género, la orientación sexual, el feminismo... deberían ser materias obligatorias desde infantil. Y darles la importancia que se merecen. ¿Qué es más importante que hacer que alguien se comprenda a sí mismo y comprenda a les demás? No habría tanto acoso, tanta autoestima dañada, tantas dudas acerca de quiénes somos.


«De pequeño, yo tuve un refugio.
Un poder.
El saber que aquellos que querían herirme estaban equivocados.
Y ahora cuando siento miedo.
Porque todos tenemos miedo a que no nos quieran.
Regreso a ese niño.
Regreso a esa casa en la que éramos cuatro personitas.
Regreso al regalo abierto y al zumo.
Me giro.
Y digo.
Abrázame.»

Es cierto, todes tenemos miedo a que no nos quieran, y en la infancia y adolescencia ese temor puede ser asfixiante porque todavía no tenemos control sobre nuestras emociones, se escapan de nosotres y se vuelven caos.

Yo, como Roy Galán, regreso a esa niña a veces.
Regreso a esa casa en la que éramos cinco personitas.
A los fines de semana en nuestra caseta de campo con mis primes.
A las tardes con Martita y nuestra deslumbrante imaginación.
Los viajes de Pascua en familia.
El olor a verano en el Camping.
La cámara de vídeo de papá.
Los dibujos de mamá.
Sus risas sentades a la mesa después de comer.
Yo también tuve un refugio.
Solo que mi poder estaba agazapado, esperando su momento.
Y cuando se liberó se volvió imparable.

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2 comentarios

  1. Da la casualidad que ambas andamos reflexionando en ciertos temas, y es que me encuentro indagando en heridas de infancia. Yo tampoco recuerdo bien mis años en el colegio pero si puedo decir que tengo un sabor amargo, un sentimiento de incomprensión con respecto a ello. Gracias por escribirlo, ahora me siento menos sola.

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    1. Ay, Marta, cómo me calienta el pecho leer lo que has puesto. Yo también me siento menos sola después de tu comentario. Gracias por leerme <3.

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