Mujeres de mi vida
febrero 17, 2021
Sé que me voy a desgarrar al escribir
esta entrada.
Voy a contar la historia de mi abuela,
de mi madre, de mi tía.
Mujeres de mi vida, cuya presencia en
mis días no es influyente en mi memoria.
Esta es la historia de una mujer
preciosa, de sonrisa eterna y mirada cálida. Ella, que desbordaba vida, cuya casa
nunca podía ver vacía, donde les niñes correteaban a sus anchas, felices por
estar allí, porque ella les quisiese. Un lugar al que siempre se podía recurrir
para sentirse reconfortado, un hogar; palabra que estaba escrita en cada ápice
de su piel, que solo con su presencia hacía real.
Una mujer dispuesta a dar todo de sí por
su familia, que se arrodillaba en el
suelo de la enorme casa de la señorita,
quien le aseguraba que no se quedaba bien limpio si no lo fregaba agachada, con
sus propias manos. Ella, tenaz, con todo su orgullo, levantaba la mirada y veía
a su pequeña sentada en la silla, una niña de ojos castaños que la miraba con
devoción y aguardaba, paciente, a que su mamá terminase su turno de trabajo.
Un día, una niña preciosa de ojos azules
y cabello rubio llegó a sus vidas. Una pequeña que había vivido demasiado a su
corta edad, que arrastraba más de lo que cualquier adulto llega a arrastrar a
lo largo de su vida. Una madre biológica desaparecida, otra madre adoptiva
irresponsable, entregada a una forma de vida en la que una niña jamás debe
verse envuelta. Ella pudo descubrir la palabra hogar en los brazos de esa mujer
maravillosa y de su pequeña hija. La mujer, con todas sus armas, se enfrentó a
la injusticia y dijo «ella se queda aquí». Y eso hizo. La pequeña de ojos
castaños pasó a tener una hermana de ojos azules.
Pero no, no voy a mentir, no fue fácil.
A menudo, la otra mujer arrebataba a la pequeña de ojos azules a quien ella
llamaba mamá, porque, aunque no lo fuera bajo ningún término legal, ella era su
madre. Y la niña de ojos castaños su hermana. Y el hombre al que la mujer
maravillosa amaba, era su padre. Pero el amor no era suficiente para retenerla
a su lado. La preciosa mujer y su hija de ojos castaños rabiaban, impotentes,
cada vez que se la llevaban.
Cuando estaban juntas, todo era mejor.
Su belleza deslumbraba, sus risas se escuchaban en el cielo, el mundo era un
lugar más cálido.
Pero tuvo que llegar el día... el
horrible día en que una sombra espesa y oscura se cernió sobre la preciosa
cabeza de esa mujer.
Cáncer.
Hoy sigo preguntándome cómo es posible
que un ser con esa bondad, con tanta luz, tuviese que sufrir aquello.
Esa mujer maravillosa fue perdiendo
vista. Nunca se borró su sonrisa, nunca dejó de acoger gente en su hogar. Hasta
que dejó de ver y sus ojos se convirtieron en los ojos de sus hijas.
Cuando su incandescente luz dejó de
brillar, dejó a oscuras las vidas de sus dos pequeñas.
La niña de ojos castaños solo tenía diecinueve
años, la pequeña de ojos azules solo diez.
Casi puedo oír los llantos desgarradores
de las más pequeña, casi puedo sentir el dolor contenido de la mayor por
consolar a la pequeña, para intentar hacerla sentir mejor, aunque ella estuviese
destrozada.
Y fueron su única familia durante un
tiempo. Con un padre ausente, huidizo, la mayor se hizo cargo de la pequeña.
Ambas con penas y responsabilidades demasiado pesadas para su edad.
Y no, ahí no acaba lo malo; la madre
adoptiva reclamó a la pequeña, y la mayor, con las manos vacías, no pudo más
que verla marchar.
Aunque ahí no acabaría su historia.
Claro que no. Ellas vivieron juntas muchos años después de aquello.
Sí, esta es una historia demasiado
triste, pero, ¿sabéis qué? Esas niñas crecieron y se convirtieron en mujeres
maravillosas, como su madre. Mujeres que brillan, que deslumbran. Que plantan
cara a las adversidades.
Llegaron más malas noticias a sus vidas,
para la mayor, un proyecto de vida destrozado por la crisis económica, el amor
de su vida resquebrajado después de toda una vida juntes. Para la pequeña, una
amenaza de cáncer de mama.
Pero no. Por supuesto que eso no podía
con ellas. Tienen demasiada luz como para que algo así las venciese.
La mujer preciosa de ojos castaños
entregó todo de sí y dejó atrás lo más doloroso, se enfrentó a ello; ahora él y
ella vuelven a abrazarse, vuelven a mirarse a los ojos, para descubrir su amor
viejo y el nuevo; han vuelto a empezar en un nuevo hogar, donde pueden convivir
con la felicidad.
La mujer preciosa de ojos azules venció
al cáncer. Se puso sus mejores galas, pañuelos de colores en su cabeza y
sonrisas para todos los que la miraban con tristeza.
Y yo... yo vengo de ese linaje, ¿cómo no
voy a ser fuerte viniendo de ellas? Mis referentes, mis guías, mis mujeres
inspiradoras.
Él, mi abuelo, el padre de las dos
pequeñas valientes y marido de la mujer maravillosa, no aparece apenas en esta
historia, lo sé. No fue un padre y marido ejemplar, la ausencia es la
característica que mamá más me nombra cuando habla de él. Sin embargo, no fue
así años después. Yo conocí a un abuelo cariñoso, entregado, atento y
preocupado. El hombre que nunca conocieron sus hijas. Y esto me da que pensar. En
cómo a veces no somos conscientes de lo que tenemos, en que, un día, nos
paramos a pensar en todo lo que hemos perdido y nos duele el pecho por la
necesidad de volver atrás para hacer las cosas mejor. Para que ella lo sepa,
que sepa que la quería, a pesar de su ausencia. ¿Lo sabría? ¿Sabría que la
amaba con todas su fuerzas? ¿Sabrían sus hijas que las quería?
Creo que él veía a ella en mí.
Lo creo firmemente. Creo que mi abuelo
veía reflejada a su esposa en mi rostro y por eso me ofreció todo ese cariño
abrumador. Todos esos besos, tantos que, aunque soy cariñosa, me hartaba, todos
esos regalos, todo ese mimo, esa preocupación casi obsesiva por mi
alimentación... Quise a mi abuelo
muchísimo. Y hoy guardo su recuerdo con un amor infinito. Me destrozaban sus
lágrimas cuando se marchaba a Benicarló, el lugar donde vivía con María, la
mujer con la que se casó años más tarde de que la mujer maravillosa les dejase.
Interpreté sus lágrimas como la tristeza de quien sabe que su tiempo se acaba y
que no ha tenido el tiempo suficiente para tenernos en su vida. Él nos dio a
mis hermanos y a mí todo el amor que nunca supo dar a su mujer y a sus hijas.
Supongo que quiso enmendar su error, sanar heridas, curarse de alguna forma,
redimirse. Y me siento agradecida por ello.
Han pasado los años y las
circunstancias, a veces, distancian mundos. La vida es indiscriminadamente
cruel, severa, y el tiempo nos atraviesa sin que podamos evadirlo.
A veces ocurre que palabras que no se
dicen, sentimientos que jamás se expresan o cariño que no se manifiesta, enfría
las pieles hasta que se entumecen.
La
preciosa niña de ojos castaños, mamá, colma mis pasos de esperanza, de
historias, de sabiduría; coloca sus manos para sostenerme y me ilumina con su
luz todos los días, igual que mi abuela hizo con ella. La preciosa niña de ojos
azules, mi tía, llenó mi memoria infantil de recuerdos colmados de ternura,
como los picnics en el salón, esa ilusión, esa sensación de admiración eterna,
como cuando en el día de su boda, con su vestido blanco, era una princesa real
que yo no paraba de perseguir a todas partes.
Procuraré mantenerme fiel a esa fuerza,
a esa luz. Seguiré para mantenerme a la altura de tanta belleza.
Prometo que, aunque dos de esas tres
mujeres no formen parte de mi día a día, todas estarán presentes a cada
momento, en mis decisiones, en mis aspiraciones, en mis logros y mis fracasos.
No he sido capaz de escribir esta
entrada sin obligarme a detenerme por la emoción. Hay algo sólido en la boca de
mi estómago, una tristeza inmensa mezclada con un orgullo y una admiración
infinitas. Las lágrimas que ruedan por mi cara son sinónimo de amor por esas
tres mujeres que han marcado mi camino.
Y que siguen haciéndolo.
Y no pararán.
Porque es lo que hacen las mujeres como
ellas. Preciosas y maravillosas.
Durante estos últimos años me he dado
cuenta de que, a veces, nos hace falta mirar la vida desde otra perspectiva.
Más despacio, para apreciar las emociones conforme vienen y saber analizarlas,
para comprendernos, para entender lo que sucede, fuera y dentro de nosostres.
Solo así aprendemos a valorar lo que tenemos cerca hoy, aquello que todavía podemos
tocar con la yema de los dedos y sentirnos agradecides por ello.
Yo, sin duda, voy a hacerlo así.
Y de esta forma podré mirar hacia ellas,
orgullosa, y afirmar que soy fruto de toda esa belleza.
Mientras tanto me comeré una perita en
honor a la mujer maravillosa y escucharé una de sus canciones favoritas.
Gracias, abuela, por ser eterna.












0 comentarios